Mateo Samuel Antúnez Baigorria tiene apenas 6 años. Canta, se expresa con una dulzura que conmueve y tiene ese humor que desarma a cualquiera que lo conozca. Pero detrás de su sonrisa hay una historia tan dura que cuesta leerla sin que se quiebre la voz.
Mateo nació a los siete meses de gestación, con solo 1,5 kilo de peso y un diagnóstico que marcaría su vida para siempre: ano imperforado. Es hijo de Cristina Baigorria e Ismael Antúnez, una pareja que conoce el dolor desde hace años, pero que jamás se permitió rendirse.
Antes de Mateo llegó Bianca, hoy de 14 años. Nació y fue directo a terapia intensiva, aunque logró salir adelante. Cristina es insulino dependiente y atravesó todos sus embarazos con tratamientos especiales. Dos años después de Bianca, llegó Alma. Durante la gestación, los médicos detectaron hidrocefalia y sugirieron interrumpir el embarazo. Cristina e Ismael decidieron seguir adelante. Alma nació a los siete meses, pero solo vivió dos horas. El dolor fue inmenso y todavía hoy duele.
Pasaron ocho años. Con las heridas aún abiertas, Cristina volvió a quedar embarazada. Era Mateo. El embarazo fue de altísimo riesgo, pero gracias a un seguimiento médico comprometido y humano lograron llegar al séptimo mes. El nacimiento fue apenas el comienzo de una verdadera odisea.
Mateo nació con tan bajo peso que nadie se animaba a operarlo. Hasta que apareció un médico que marcó un antes y un después: el doctor Pablo Medar. “Yo lo opero”, dijo. Y cumplió. A Mateo le colocaron una bolsa de colostomía y comenzó un tratamiento largo y complejo para intentar formar el ano.
Desde entonces, el Hospital Rawson se convirtió en su segunda casa. Pasó tanto tiempo internado que allí lo apodaron “el doctor Mateo”. Su alegría, su sencillez y su forma de enfrentar todo sin quejarse lo hicieron querido por médicos, enfermeros y pacientes.
Hoy, con solo 6 años, Mateo ya atravesó 14 cirugías. En la última crecieron las esperanzas, pero los problemas aún no se resolvieron. Sigue usando pañales, mantiene la bolsa de colostomía y necesita cuidados constantes.
La familia vive en Villa Los Surgentes, Médano de Oro, sobre calle 9, entre Punta del Monte y Garibaldi. La casa es pequeña, precaria y no reúne las condiciones necesarias para acompañar un proceso de salud tan delicado. Mateo duerme en la misma cama que su hermana Bianca. No hay espacio, no hay comodidades y el descanso es escaso.
Ismael trabaja como portero en la Escuela América. Los ingresos no alcanzan. Muchos medicamentos no están cubiertos por la obra social, los descartables tienen costos elevados y Mateo debe iniciar un tratamiento neurológico: cada consulta cuesta 80 mil pesos, una cifra imposible para una familia que apenas llega a fin de mes.
En esta lucha hay un pilar silencioso pero fundamental: la abuela Antonia. Es quien golpea puertas, pregunta, insiste y no se rinde. La que acompaña cuando las fuerzas flaquean y se convirtió en la voz de la familia para que la historia de Mateo no quede encerrada entre cuatro paredes.
En la escuela, Mateo enfrenta otra batalla. Le comunicaron que no podrá pasar de grado y deberá repetir primero. Y, como si eso no alcanzara, algunos compañeros lo llaman “el bolsita”. Es bullying. Duele. A él y a toda su familia.
Mateo no pide milagros. No pide nada extraordinario. Necesita una casa un poco más digna, mejores condiciones de vida, tratamientos que no sean un lujo y, sobre todo, respeto. Necesita que los adultos miren, que la sociedad no dé vuelta la cara y que alguien tienda una mano.
La historia de Mateo no es solo la suya. Es la de muchas familias que resisten en silencio, que aman a pesar del dolor y siguen adelante aun cuando la vida parece ensañarse.
Tal vez conocer su historia sea el primer paso para que su familia empiece a salir del pozo. A veces, la diferencia entre caer y levantarse es que alguien, del otro lado, decida no mirar para otro lado.

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