«Estoy cansada, quiero salir de acá. Veo a la gente pasar por la puerta y quiero ir, caminar», reveló muy angustiada. Zulma no sabe muy bien cuánto pesa porque la última vez que le dieron un número fue cuando estaba en 230 kilos ahora sabe que está cerca de los 300. Su obesidad mórbida hizo que le dieran tres paros cardio respiratorios de los cuales pudieron sacarla «gracias a Dios», dijo.
«Estoy acá sola, mirando el teléfono entre estas cuatro paredes», contó.
La piecita en la que está hace unos meses se la prestó su tía, Virginia Bravo. Está hecha de material y adobe, tiene techo de caña, piso de tierra, no tiene ventanas y cuando llueve se moja todo.
Antes de vivir en Villa Hipódromo, Zulma vivía en el Lote 5, también en Rawson, en un lugar que le prestaba una amiga. También la corrieron. «Ese día me tuvieron que subir a un flete con todas las cosas para poder traerme acá, lloré todo el camino», recordó.
En diez días tiene que irse de la piecita en la que vive porque su sobrino será papá y acondicionarán ese lugar para el bebé. «Yo lo único que quiero es dejar de andar rodando de un lado para el otro para poder hacer la dieta tranquila y que me hagan la cirugía bariátrica», reconoce.
En la habitación hay un solo televisor de tubo con el noticiero puesto, la única conexión que Zulma tiene con el mundo exterior y convive con varias cosas viejas que la familia acumuló en ese lugar, pero es lo único que tiene porque no puede levantarse ni para ir al baño, así que usa pañales.
«Entre mi tía y mi hijo me cambian, me dan de comer. La pensión que cobro no me alcanza así que puedo comer lo que me dice la nutricionista los primeros meses nada más, después me quedo sin plata», afirmó.
Su pesadilla comenzó el día que su marido se murió y los padres de él la corrieron de la casa donde vivía. Zulma no pudo recuperarse de la pérdida y hasta dejó de trabajar de empleada doméstica, tarea que la mantenía activa. Los kilos vinieron con la depresión.
Un kinesiólogo y una nutricionista la van a ver cada tanto y controlan su salud pero ahora lo que le preocupa es que no sabe a dónde irá a parar en diez días.
«Los hermanos de ella no se la quieren llevar, la han abandonado», dijo su tía Virginia, la única persona que la acompaña y parece sentir empatía por su situación.
Fuente: Tiempo de San Juan



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